“Viernes y sábado estuvimos en Caá Catí, donde nos esperaban con mate cocido, tortas fritas y música (chamamé) al ingreso del pueblo. Otra de mis hijas, Brenda se sumó en este tramo. Caá catí, un pueblito al cual estuve involucrado hace más de cincuenta años. Cuando tenía mis trece y catorce años venía y visitaba, y convivía con esta gente, parientes por parte de mi mamá. Quizás fueron los principios de mi visión, alucinada por la biodiversidad, colectando insectos, lagartijas, víboras, cueros de yacaré. Conviviendo con toda esa naturaleza profunda, asociada con la vida campesina de los esteros correntinos. Yendo a mis primeros bailes adolescentes, yendo a esos bailes sin electricidad, con músicos, llegando todos en carretas, en carros, a caballo, viviendo la profundidad de la tierra adentro. Esa tierra campesina, productora, de supervivencia, en la cual yo, a los 13, 14 años, me veía involucrado. Vivía mis primeros contactos con la biodiversidad, con el descubrimiento de la naturaleza, en la cual todo me asombraba, me fascinaba, un mundo nuevo que se me iba abriendo cada día. Con Don Ramón, su mujer, sus hijos. Y hoy vuelvo, 55 años después, a encontrarme con ellos, con un municipio que pugna por salir, por encontrar su espacio, encontrar su espacio en la inmensidad del Iberá, dentro de los esteros de Santa Lucía, que sin duda son parte de Iberá. Y ese esfuerzo de muchos, de adentro y de afuera, por encontrar caminos para el desarrollo de esos pueblos que quedaron marginados después del cierre del ferrocarril, del ferrocarril económico que los unía con Corrientes. Hoy muchos pueblos de Corrientes, cómo de muchas otras partes del país, están buscando su futuro y ojalá nosotros, en medio de esta Travesía Capricornio, podamos ayudar, porque el destino de Caá Catí es el destino de todos nosotros. El destino es vincular las actividades productivas con la diversidad y las necesidades de nuestros pueblos. Ese es el camino. Y en eso estamos, y en eso apoyamos, apostamos y hacemos nuestro esfuerzo para lograrlo”.