“Este domingo, que fue el partido de la final de la Copa América entre Argentina y Colombia, acampamos en un paraje que se llama Talartín, que sería algo así como lugar de talares, como Carandaití es lugar de palmeras. Un poblado rural cerca de Caá Catí, a 20 kilómetros yendo hacia M´burucuyá, inmerso en una geografía de pastizales inundables y parches de bosque nativo, con algunos pequeños parches de plantaciones, todos estos bosques sobre antiguos médanos, probablemente el reflejo de un período donde la erosión eólica regía la distribución de médanos y cuencas que hoy están llenas de aguas. Un paisaje húmedo sobre una matriz forjada durante un período seco. Asique la arena reina por doquier”.

“Y en ese contexto de fútbol también se da la fiesta patronal de este pueblo, y uno notaba que la gente estaba más preocupada por la novena, rezando en la iglesia y por el bingo y esta madrugada por tener todo listo para las festividades, pero el fútbol pasa desapercibido. No escuchamos a nadie gritar los goles, nadie salió a hacer disparos al aire cuando ganamos la final. Ahí es donde uno ve la tremenda distancia que hay entre el mundo urbano y el mundo rural. Para el mundo rural esa Argentina de la selección como la Argentina de muchas otras cosas está demasiado lejana y prefieren abocarse a sus festividades locales que es en definitiva lo que tienen tangible y lo que de alguna manera regula sus vidas”.