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El ambiente y el mito del eterno retorno…

La idea del eterno retorno se refiere a un concepto circular de la historia o de los acontecimientos. La historia no sería lineal, sino cíclica. Una vez cumplido un ciclo de hechos, estos vuelven a ocurrir con otras circunstancias, pero siendo, básicamente, semejantes. Es propio del pensamiento occidental la idea de que el progreso es indefinido y siempre va hacia adelante. Sin embargo, en otros sistemas filosóficos, como los orientales, se encuentra la idea de ciclos que se van perfeccionando, retornando eternamente hasta alcanzar la forma perfecta tras muchas fases erróneas.

En el eterno retorno como en una visión circular del tiempo, los acontecimientos siguen reglas de causalidad. Hay un principio del tiempo y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio. Sin embargo, a diferencia de la visión cíclica del tiempo, no se trata de ciclos ni de nuevas combinaciones en otras posibilidades, sino que los mismos acontecimientos se repiten en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación. En su obra “La gaya ciencia” Friedrich Nietzsche plantea que no sólo son los acontecimientos los que se repiten, sino también los pensamientos, sentimientos e ideas, vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. Esta idea fue retomada después por Nietzsche en su libro “Así habló Zaratustra”, donde el protagonista descubre esta visión del tiempo y queda desmayado por la impresión. Zaratustra despierta después de siete días de inconsciencia y sus animales lo halagan diciéndole que es el maestro del eterno retorno de lo mismo…

El valor del concepto de eterno retorno ha sido tan discutido como poco entendido, y en general, se lo considera únicamente desde el punto de vista cronológico, en el sentido de repetición de lo sucedido. Pocas veces es pensado como uno de los conceptos más poderosos de la filosofía moral de todos los tiempos: obrar de modo que un horizonte de infinitos retornos no intimide, elegir de forma que si uno tuviera que volver a vivir toda su vida de nuevo, pudiera hacerlo sin temor. Nietzsche, en su teoría del eterno retorno, enseña sólo una cosa: el ser humano logrará transformarse en el “Superhombre” cuando logre vivir sin miedo!

Esta historia viene a cuento sobre la relación de las personas con la naturaleza, una relación que ha sido siempre conflictiva. O era la naturaleza la que amenazaba a las personas, o son ellas mismas quienes amenazan a la naturaleza y con ello a su propia supervivencia. La respuesta es siempre el temor, el pánico a desaparecer. Y el temor es la antesala a los pensamientos religiosos y por eso cada vez se parecen más las amenazas ambientales (cambio climático, pérdida de especies, sequías e inundaciones, contaminación) a los preceptos bíblicos asociados al apocalipsis.

El ser humano (Homo sapiens) durante gran parte de su historia vivió inmerso en la naturaleza, atado a sus reglas y pagando caro cualquier descuido. La caza y recolección de productos generados por la propia naturaleza fue durante mucho tiempo la base de su supervivencia pero también de sus amenazas.

Luego vino la agricultura y la domesticación de animales, la naturaleza empezó a soportar, primero muy despacio, y hoy vertiginosamente, el cambio de los sistemas naturales a otros claramente antropizados, dependientes estos últimos en gran medida de sus propias decisiones. En muchos aspectos, generó sistemas más predecibles y más productivos. Derivado de este proceso de “agropecuarización” nacen las áreas protegidas como respuesta a los cambios de uso del suelo en extensas superficies. Muestras representativas de los distintos ecosistemas donde se preservan o “reservan” las virtudes y los procesos propios del mundo natural, sin intervención humana.

Por otra parte, el proceso de intensificación productiva también se vincula con el proceso de “urbanización”, donde se separan espacios geográficos crecientes para que atiendan casi exclusivamente a las necesidades humanas cotidianas. Hoy gran parte de la humanidad vive y vivirá la mayor parte de su tiempo en estos grandes aglomerados urbanos, apartados claramente de la naturaleza. Ésta comienza a convertirse en el “paraíso perdido”, es vista con nostalgia, es el espacio para el esparcimiento, para las vacaciones urbanas, para el necesario “contacto con la naturaleza”. El habitante urbano empieza a demandar al poblador rural compromisos crecientes de protección de la naturaleza, aunque es éste el gran y prioritario consumidor de los productos de la naturaleza (agua, energía, alimentos, medicinas).

El mundo actual, a grandes rasgos, se divide entonces en tres zonas, una exclusivamente natural (las áreas protegidas) donde se inscribe un 15-20% del territorio, una urbana (otro 15% digamos) y entre medio una aún gran matriz geográfica, donde llevamos adelante nuestras batallas cotidianas con la naturaleza (y con el ambientalismo urbano) y donde se incluye a más del 70% de los territorios, al menos en países como Argentina.

Muchas de las áreas protegidas existentes o que se sumarán en el futuro próximo (quizás llegando al 20/30% de nuestros territorios nacionales) restan sin duda espacio a otras actividades o demandas humanas. Por otra parte, las ciudades seguirán creciendo y ocupando muchas veces territorios de alta valoración productiva, empujando a la frontera agropecuaria, la cual seguirá ampliándose, por las crecientes demandas humanas per capita y por su exponencial crecimiento poblacional.

Por ello las “muestras de naturaleza pura” en un futuro irán paulatinamente disminuyendo, luego de un pico de expansión, y algunas reservas o partes de ellas serán consideradas como “reservas” de espacios potencialmente productivos. La matriz productiva se irá incrementando a través de la búsqueda de nuevas formas de coexistencia entre las demandas humanas y de la propia naturaleza. Es por ello que es urgente y prioritario desarrollar modelos inclusivos de intensificación productiva, donde la naturaleza pueda coexistir espacialmente con la producción intensiva (paisajes sustentables, Paisajes Productivos Protegidos, sistemas silvopastoriles, manejo de bosques nativos, explotación hidrocarburífera en áreas silvestres). Ese será muy posiblemente el camino futuro, áreas protegidas reducidas pero bien gestionadas cuidando servicios indispensables como el agua; ciudades más “humanas”, es decir con “más verde”; y entre ambos espacios, una gran matriz natural-cultural donde, como al principio, los humanos coexistamos ampliamente con la naturaleza. Eso sí, en este nuevo “retorno” será la sociedad mayormente, y ojalá sin temor, quien pondrá las reglas de juego, hasta un nuevo principio.

Alejandro Diego Brown, Fundación ProYungas, Belem, Brasil, Noviembre 2018.

*Las imágenes del Parque Trianon fueron tomadas de www.explorasampa.com

**Imagen de la evolución del hombre tomada de www.agi.it

Por ProYungas - 16 / 11 / 2018