Biodiversidad y Conservación
Áreas protegidas en el Gran Chaco argentino: pocas, aisladas y muy amenazadas
La cinta de asfalto se desliza plana entre Villa Río Bermejito y Pampa del Indio, en la provincia del Chaco, noreste argentino. Los campos se suceden a ambos lados del camino y recuerdan vagamente lo que alguna vez fue el monte primitivo. Cada tanto, algunos cerdos se dejan ver chapoteando en el barro que ha formado la lluvia de los últimos días; a veces, se hace necesario disminuir la velocidad porque una modesta manada de cabras avanza agrupada por la carretera.
Las señales de tránsito son escasas y poco informativas, pero hay dos que se distinguen del resto. No tanto por su estado —les falta mantenimiento, hay letras borradas, están semivolcadas sobre el terreno— sino por lo que anuncian: la presencia de animales autóctonos que pueden cruzar la calzada. “Paso de fauna para monos”, dice una de ellas; “Guazuncho”, anuncia la otra, y reafirma el aviso con una imagen de la también conocida como corzuela parda (Mazama gouazoubira).
Lo llamativo, en todo caso, no son las señales en sí mismas, sino que luego de mil kilómetros recorridos por los parajes de la región “chaqueña» son las únicas referidas a la riquísima fauna silvestre del lugar. Aunque tampoco debería provocar sorpresa: apenas el 4,17 por ciento del sector argentino del Gran Chaco —que abarca 60 millones de hectáreas— cuenta con algún tipo de protección ambiental.
“Solo los parques nacionales Copo y El Impenetrable superan las 100 000 hectáreas. Son los únicos que, hasta cierto punto, podrían garantizar la conservación de algunos componentes de la biodiversidad, como grandes carnívoros y herbívoros”, señala Alejandro Brown, presidente de la Fundación ProYungas.
Sin embargo, no es la limitación en superficie de los parques la principal amenaza para la biodiversidad en la segunda ecorregión más extensa e importante de Sudamérica. “El problema más grave, en todos los casos, es el aislamiento”, apunta con total claridad Verónica Quiroga, doctora en Biología de la Universidad de Córdoba. “Las diferentes áreas no tienen conectividad entre sí, y de esa manera se hace muy difícil sostener los hábitats naturales de muchas especies”, reafirma Micaela Caminos, también bióloga e integrante del colectivo Somos Monte. Lo ejemplifica con los pecaríes labiados (Tayassu pecari), “que necesitan entre 11 000 y 12 000 hectáreas de monte para poder desarrollarse”.
Chaco seco y Chaco húmedo, dos corredores en ejecución
La localidad de Capitán Solari no difiere demasiado de cualquier otra de las que dormitan al borde de la ruta entre Resistencia y la extensa zona donde el monte se torna literalmente impenetrable. El único elemento distintivo de Capitán Solari es un edificio en cuyo frente puede leerse: “Parque Nacional Chaco. Intendencia”. El acceso se encuentra algo más lejos, apenas a unos kilómetros de distancia.
El parque nacional es un excelente ejemplo de los pros y los contras que viven las áreas controladas de la región chaqueña. En sus escasas 14 981 hectáreas, los quebrachos colorados, el icónico árbol del norte argentino, conforman bosques abiertos conocidos como raleras, conformando el hábitat perfecto para pumas (Puma concolor), pecaríes, carpinchos (Hydrochoerus hidrochaeris), guazunchos, monos aulladores (Alouatta caraya) o loros habladores (Amazona aestiva). Esteros, lagunas y cañadas recuerdan que estamos en el sector húmedo del Chaco y, dado que la gestión depende de la Administración de Parques Nacionales (APN), cuenta con muchos más recursos económicos y logísticos que cualquier reserva provincial, lo que asegura personal suficiente, vehículos para patrullaje y un buen nivel de implementación.
Sin embargo, a la hora de exponer los problemas más importantes con el que se enfrenta el espacio, la propia APN hace hincapié en “el efecto isla”, y en la inexistencia de una zona de amortiguamiento o buffer en los alrededores.
El concepto mágico que todos los especialistas repiten cual mantra como solución a este grave obstáculo para el sostén de la biodiversidad se llama corredor biológico. El primer borrador de corredores del Gran Chaco data de 2007 y fue elaborado por la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación en colaboración con la Fundación Pro-Yungas. La referencia de la fecha es clave, porque solo ahora, doce años más tarde, los dos primeros trazados —el del Chaco húmedo y el del Chaco seco— se encuentran por fin en fase de ejecución. La magnitud del tiempo perdido es medible en hectáreas de desmonte, 960 000, teniendo en cuenta solo las pertenecientes a espacios protegidos.
Paula Soneira, actual subsecretaria de Ambiente y Biodiversidad de la provincia del Chaco, es la coordinadora de dicho programa: “El corredor del Chaco húmedo nace aquí, en Capitán Solari, y va subiendo hasta el Parque Nacional El Impenetrable, atravesando toda la zona conocida como interfluvio [es decir, la comprendida entre los ríos Bermejo y Bermejito]”, señala quien participa en un proyecto que se encuadra dentro de lo conocido como GEF (Global Environmental Found), iniciativa que cuenta con apoyo financiero del Banco Mundial.
Sin duda, los grandes mamíferos serán los principales beneficiados de la creación de estos pasillos de biodiversidad, con el yaguareté o jaguar a la cabeza. El animal que ocupa la cima de la cadena trófica de la región se encuentra prácticamente extinguido en el área, pero los seis registros de avistajes registrados en 2019 “pasan exactamente por las rutas definidas en los modelos trazados en el papel”, se entusiasma Soneira. También pecaríes, tapires u osos hormigueros verían extenderse sus terrenos para alimentación y reproducción una vez que el proyecto se convierta en realidad.
La idea original era que 2020 fuese el año en el que comenzarían a implementarse. Sin embargo, la pandemia del coronavirus está golpeando con especial fuerza a la provincia del Chaco, lo cual podría retrasar los avances en ese sentido.
Practicar una ganadería sostenible es el reto
Uno de los obstáculos que hay que superar es que todo el corredor planificado para el Chaco húmedo se encuentra sobre dominios privados. Por lo general, sus dueños son pequeños productores ganaderos que poseen alrededor de 200 cabezas, en tanto que en el corredor del Chaco seco —que desciende hacia el sur desde El Impenetrable para conectar con los parques provinciales Fuerte Esperanza y Loro Hablador hasta llegar al Parque Nacional Copo, en Santiago del Estero—, los campesinos practican una ganadería extensiva, sin alambrados que limiten los movimientos de los animales, y suelen tener entre 50 y 100 cabezas.
“Ahora mismo estamos definiendo las propuestas técnicas necesarias que les permitan a los productores llevar adelante una ganadería sostenible”, explica Soneira.
Las enormes diferencias de mantenimiento existentes entre los espacios regidos por la APN y las áreas que dependen de las diferentes provincias que forman parte del Gran Chaco, que constituyen el 80 por ciento de la superficie protegida, es el otro punto por atender en la región. “En líneas generales, las áreas provinciales tienen un nivel de implementación entre bajo y malo”, estima Alejandro Brown. “Son reservas pequeñas aunque bastante ricas en biodiversidad, pero la escasez de presupuesto atenta contra un buen cuidado”, agrega Verónica Quiroga. Cuenta que estuvo en Chancaní, Córdoba, donde hay “5000 hectáreas de bosque chaqueño, que parece increíble que todavía se mantengan en pie. Tiene un único cuidador, con poco dinero y poco combustible”.
Luciano Olivares está sentado al otro lado del mostrador. Es el subsecretario de Desarrollo Forestal del Chaco —lo fue de Recursos Naturales hasta diciembre de 2019—, y aporta su visión de la situación: “Sabemos lo que hay que hacer, pero para ello necesitaríamos mucho más dinero. Es un problema logístico, no de materia gris”, dice, y pone entonces las cifras sobre la mesa: “Yo recibo una partida del Fondo Nacional de Bosques que me sirve para cubrir el diez por ciento de los gastos, más lo que me da la provincia, que es el 0,6 por ciento del total. Busco otras vías de financiamiento, aunque todo es muy difícil. Me encantaría tener cien vehículos, pero solo me da el dinero para reemplazar los que se rompen”.
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