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De la Puna a las Yungas, del desierto a la selva: Travesía Humahuaca – Orán

Tal vez suenen trilladas algunas frases de este texto, pero es muy difícil describir y transmitir nuestra percepción en este tipo de viajes, por lugares tan remotos, salvajes, intimidantes e incluso hasta peligrosos por tramos. No encontramos la manera de escribir y que se entienda nuestra percepción real de lo que vivimos sin caer en palabras cargadas de solemnidad.

Llegando al Abra de Zenta. 4200 m.s.n.m.

Cuatro días nos llevó recorrer en bicicleta los casi 200 km del desafiante e imponente camino que une Humahuaca con Orán siguiendo la pista del Gasoducto NorAndino.

Mapa del camino y perfil altimétrico.

Este camino, transitado originalmente por los Incas, atraviesa montañas y nos lleva desde la Puna al corazón de las Yungas, atravesando paisajes salvajes e inolvidables.

El mismo camino que usó el Coronel Manuel E. Arias (Humahuaca 1785, San Andrés 1822) para trasladarse con sus gauchos y tropas a la quebrada de Humahuaca y luchar contra los españoles. Fue la Batalla de Humahuaca una de las gestas más audaces y exitosas de la lucha por la Independencia y su éxito se debe, en parte, a la existencia de este camino.

Este camino, lleno de historia, sigue utilizándose como vía de comunicación e intercambio de productos entre los habitantes de la Puna y las Yungas.

La Travesía.

En los 200 km recorridos pasamos por las localidades de Hornocal, Aparzo, Palca de Aparzo, Puerta del Zenta, Volcán, San Andrés y Los Naranjos.

El equipo estaba compuesto por Lucía Brown, Erica Regner, Nico y José Marcaida, Luciano (Morza) Martínez, y Sebastián Malizia. Más tarde, al final de la primera etapa se sumarían Soledad Llampa, Guillermo del Pino, Eusebio Condorí y Rodrigo Ordoñez.

El equipo. Detrás de cámara, Rodrigo Ordóñez.

El acompañamiento de Eusebio (Habitante de los Naranjos y guía local) y Rodrigo (gran conocedor de la zona) fue esencial para cumplir el objetivo del viaje. Eusebio nos hizo sentir como en casa en todo momento, y nos mostró lugares que de otro modo no hubiésemos conocido. Rodrigo manejó una camioneta que llevaba parte del equipo por un camino adrenalínico.

La Travesía se planteó en 4 etapas de unos 50 km cada una, y el desafío fue grande.

Etapa 1. Partimos de Humahuaca alrededor de las 9 de la mañana, con las caramañolas llenas de té de coca y pupusa, para prevenir cualquier mal de altura. La cuesta era larga y se hacía cada vez más empinada a medida que avanzábamos. La concentración de oxígeno en el aire era cada vez menor y la fatiga en las piernas se sentía. Pedaleamos más de 6 horas hasta alcanzar el techo máximo de ese día a los 4235 m.s.n.m. en la bifurcación de la RP 73 que lleva al mirador del Hornocal. La vista de los últimos kilómetros era imponente, toda la quebrada ante nosotros.

El Hornocal 4235 m.s.n.m.

La bajada a Palca de Aparzo (3400 m.s.n.m.) donde haríamos noche, se transformó en un deleite para nuestras piernas y trastes cansados y por un momento nos sentimos niños otra vez, jugando sobre las bicicletas, deleitados con las montañas y la amplitud del paisaje.

Etapa 2. Salimos de Palca de Aparzo cerca de las 8 de la mañana. La pendiente del camino nos obligó a avanzar despacio, y por tramos caminando empujando nuestras monturas. Andar en bicicleta por arriba de los 3000 m, avanzando lentamente metro a metro, nos lleva a largas horas de introspección y nos pone en contacto con lo más interno de nosotros.

Últimos metros de la cuesta, detrás de esa última curva: El abra de Zenta 4495 m.s.n.m.

Es difícil describir la sensación que invade cuando al cabo de un par de horas de pedaleo, uno hace un alto y mirando hacia atrás repasa el camino recorrido. Ver el paisaje desde lo alto de la cuesta, divisar el camino serpenteante que se pierde en el horizonte nos hace tomar conciencia de lo que somos capaces de lograr paso a paso, pedal a pedal. Y es en ese momento cuando uno piensa en esas largas caravanas de llamas que desde tiempos inmemoriales recorrían estos caminos llevando las mercancías para intercambio entre puna y selva; en el Inca que caminando fue conquistando gran parte del continente americano; o en los soldados criollos y aborígenes que componían las filas al mando del Coronel Arial allá por el año 1817.

El abra de zenta y la niebla que nos recibió.

Promediando el medio día llegamos al punto más alto de nuestra travesía, el Abra del Zenta, donde tomamos el camino de servicio del Gasoducto NorAndino para descender hacia San Andrés. El olorcito a Yungas ya empezaba a sentirse cuando la lluvia nos dio la bienvenida. La huella angosta, la pendiente pronunciada, las piedras sueltas, la lluvia aportaron una dosis importante de adrenalina a nuestros músculos cansados. Transitábamos en medio de una niebla espesa que ocultaba a los compañeros a tan solo 10 metros adelante nuestro.

Bajada hacia Volcán.

De a ratos, un hueco en las nubes nos dejaba espiar las imponentes montañas por las que nos deslizábamos. Absortos por la geografía y concentrados en la tarea de no perder el control de las bicis, después de casi 4 horas recorrimos los 25 km que nos separaban del paraje Volcán, donde Eusebio, tiene un puesto de veranada. Decidimos pasar la noche ahí. Un buen fuego, un guisito de lentejas y un par de vinos avivaron nuestro espíritu, nos reímos y celebramos estar ahí, refugiados en esa casita de adobe en el medio de esas montañas.

Etapa 3. Llovió toda la noche y amaneció lloviendo. Esperamos hasta las 11 de la mañana un hueco sin lluvia para salir. Poco tiempo duraba el malestar de la ropa mojada y fría en nuestros cuerpos, apenas empezábamos a desplazarnos, se iba dibujando en nuestras caras una sonrisa indisimulable. Qué locura estar ahí, en el medio del temporal, con las bicicletas y esas pendientes, qué locura ese camino y las Yungas que iban asomando acorde bajábamos, dejándonos boquiabiertos con su exuberancia.

Al medio día, llegamos al bellísimo pueblo de San Andrés, todavía adornado por las fiestas patronales del día anterior. Nos recibió Felisa, cuñada de Eusebio, donde nos repusimos con un rico almuerzo y su cálida compañía.

Escuela de San Andrés, Salta.

El paisaje hasta aquí había sido espectacular, pero el tramo entre San Andrés y Los Naranjos nos llevó a un nivel aún más alto de disfrute. Una pradera con suave pendiente y tapizada de césped acompaña por varios kilómetros la salida de San Andrés. Pedalear sobre esos terrenos es muy parecido a volar, sin darnos cuenta, nos encontramos tejiendo senderos con las bicicletas a medida que bajábamos hacia el rio. Y fue ahí cuando nos sumergimos en la espesura de un hermoso bosque montano de añosos árboles, helechos arborescentes, bromelias y musgos. El olor de la selva, el ruido del agua, el canto de los pájaros y el verde, el verde más intenso que vimos.

Entrada a la espesura de las Yungas.

Estos 35 km que separan San Andrés de Los Naranjos, son, ellos solos, justificación suficiente para tener como destino de cicloturismo esta porción de Salta. No hemos visto en todo el Noroeste bosques tan magníficos como las Yungas de esta parte del recorrido.

A la tardecita llegamos a los Naranjos, un pueblo con calles de césped, donde Eusebio y su familia nos recibieron, nos comimos un buen plato de fideos y nos fuimos a acostar.

Etapa 4. Esta etapa era la última y más allá del agua no presentaba grandes desafíos. En 3 horas recorrimos los 50 km que nos separaban de Oran y a medida que avanzábamos nos íbamos alejando de la Selva y su salvajismo.

Llegamos a Orán cerca de las 2 de la tarde, nos comimos un choripán y brindamos nostálgicos.

“Las montañas no buscan nuestro asombro, no quieren nada de nosotros. Y sin embargo cambian la forma en que nos vemos a nosotros mismos, moldean nuestros espíritus, retan nuestra arrogancia, nos devuelven la capacidad de asombro. Hoy, más que nunca, necesitamos su salvajismo” Jennifer Peedom.

Mirá el video de la Travesía aquí

Nota editorial: Sebastián Malizia y Lucía Brown.

Por ProYungas - 14 / 11 / 2019