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La bioeconomía, consagrada en el G20

La Exposición Rural de Palermo, que finalizó el domingo, coincidió con un hecho sin precedentes: la reunión de los ministros de Agricultura del G20. Fue una sugestiva “previa” del encuentro de los presidentes, que se celebrará el 30 de noviembre próximo en Buenos Aires. Veamos por qué eso de “sugestiva”.

El G20 está compuesto por la Unión Europea y 19 países: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía. En conjunto, los miembros del G20 representan el 85% del producto bruto global, dos tercios de la población mundial y el 75% del comercio internacional.

Se trata del principal foro internacional para la cooperación económica, financiera y política: aborda los grandes desafíos globales y busca generar políticas públicas que los resuelvan. Comenzó como un Foro de Ministros de Finanzas y Presidentes de Bancos Centrales. Fue creado el 25 de septiembre de 1999 en una Reunión de Ministros de Finanzas del G7, que vieron la necesidad de contar con un grupo más inclusivo, que genere un mayor impacto.

En el 2008, durante la crisis financiera internacional, el mundo vio la necesidad de generar nuevos consensos entre los funcionarios del más alto rango. A partir de entonces, las cumbres del G20 comenzaron a incluir también reuniones a nivel de Jefes de Estado y de Gobierno y la agenda temática se amplió, convirtiéndose en un punto de encuentro indispensable para la gobernancia global.

Vayamos al grano. El G20 es presidido este año por Mauricio Macri, lo que es no solo un triunfo de la diplomacia argentina. Ante todo, es una manifestación concreta de la simpatía con que la gestión inaugurada en diciembre del 2015. Lo esencial es invisible a los ojos de la mayor parte de los argentinos. Las primeras medidas de la era Macri fueron la liberación cambiaria y la eliminación de las retenciones y restricciones a las exportaciones agropecuarias.

Ello permitió al campo soltar amarras y reiniciar, con mucho lastre, la singladura de la Segunda Revolución de las Pampas. El mundo había visto el espectacular crecimiento de la producción agroindustrial argentina, y se había enamorado de ella en un momento en que el crecimiento económico global encendía la alarma sobre la seguridad alimentaria.

Con excelentes reflejos, el gobierno aprovechó la oportunidad que le brindaba la presidencia del G20. La convocatoria a los ministros de Agricultura tuvo inmediata acogida. Y ninguno se quiso perder la Rural, aceptando incluso el intercambio abierto (y a veces ríspido) con directivos de distintos segmentos de la actividad.

Los ministros del G20, finalmente, firmaron un documento de gran relevancia. Se hizo centro en la sustentabilidad y en particular en el cuidado de los suelos, un mandato global en el que la influencia argentina está omnipresente. Nadie avanzó tanto en la nueva agricultura, donde la Argentina lidera la saga americana de la Siembra Directa.

Pero quizá el aspecto más relevante de la Declaración del G20 sea el punto 13, en el que instala el nuevo paradigma de la bioeconomía como una llave maestra para el desarrollo. Aunque con términos prudentes, la Declaración plantea con claridad las posibilidades del sector agrícola de proveer recursos para distintas actividades de transformación, en la era post-petróleo. Desde la bioenergía hasta los biomateriales y las moléculas que provienen hoy de la síntesis a partir de recursos fósiles, como el petróleo y el gas. Incluye la necesidad y la oportunidad de valorizar los residuos y subproductos de todas las ramas de la actividad, desde los rastrojos hasta los excrementos de los animales.

Con sus envidiables recursos, la Argentina afronta una extraordinaria posibilidad. El shale gas ya está dando sus frutos y parece una cantera inagotable. Sin embargo, el mundo nos exigirá compensar sus externalidades negativas. La bioeconomía, consagrada como relevante por los ministros de Agricultura del G20, se constituyen entonces no solo en una alternativa de desarrollo, sino en un deber inexorable.

Fuente: Diario Clarín

Por ProYungas - 30 / 07 / 2018