Editorial, Institucional
La culpa no es del chancho
Por Alejandro D. Brown, Presidente de ProYungas.
“Al que vive de la caza a cualquier bicho se atreve,
Que pluma o cáscara lleve,
Pues cuando el hambre se siente,
El hombre le clava el diente,
A todo lo que se mueve”
El Gaucho Martín Fierro de Miguel Hernández
Sin dudarlo y casi sin darnos cuenta nos encontramos en un mundo diferente y en una vida cotidiana también diferente. Los más afortunados estamos en nuestras casas y casi con culpa lo digo, podemos dedicar tiempo a la reflexión sobre la enorme y despareja información con que somos bombardeados diariamente. Sobre un verano que ya venía complicado con las inundaciones en algunas regiones y sequías en otras del Norte Grande, con la crisis del acceso al agua de las comunidades aborígenes del norte y la consiguiente mortalidad infantil por desnutrición. Sobre esta realidad, surgió también el dengue y el sarampión que aparecieron con una virulencia notable…luego nos llegaron primero las noticias desde China y ahora el coronavirus está golpeando a nuestras puertas…
Las pandemias acompañaron la historia de la humanidad
La peste ha alcanzado un protagonismo transcendental en la historia de la humanidad. A lo largo de los siglos ha implicado un escenario de muerte, sufrimiento y calamidad para aquellas personas que vivían la epidemia. Tanto la literatura como el arte, en sus distintas formas, han dado testimonio del horror y la devastación que acompañaban las epidemias de peste, conformando un imaginario colectivo que las distintas sociedades, de distintas épocas, han aceptado como propio.
A través de los siglos, la zoonosis (como se conoce a la transmisión de enfermedades de animales a humanos) ha generado epidemias que han causado estragos existenciales, económicos y sociales a extensas comunidades. Desde la llamada influenza española, pasando por las más modernas epidemias como el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS), las gripes aviar y porcina, hasta la actual pandemia de coronavirus, todas tienen un origen común: un virus exclusivo de poblaciones animales que muta, invade un humano y de ahí se propaga como nuevo patógeno. Una de las conclusiones es que “las enfermedades animales que se pueden transmitir a personas están surgiendo como una grave amenaza regional y mundial, cuya magnitud es muy probable que aumente».
La transmisión de enfermedades por contacto con los animales no se limita a la mutación viral. Pueden ser por picaduras o mordeduras que transmiten directamente a los humanos virus o bacterias malignas. También por ingerir alimentos o agua contaminada con parásitos. Tal es el caso de la peste negra o bubónica (por picadura de pulgas transportadas por ratas), la malaria, el dengue o el zika (por picadura de diferentes mosquitos) o la rabia por mordedura de perros o animales salvajes (murciélagos por ejemplo).
Esa peligrosa relación entre especies es inevitable, pero seguirá aumentando inexorablemente, a medida que vivamos en mayor proximidad con animales -tanto en casas como en granjas o mercados- que invadamos más los predios silvestres, o que la poblaciones de animales portadores se multipliquen con el cambio climático.
En la actualidad, la OMS estima que, a nivel mundial, cada año se producen alrededor de mil millones de casos de enfermedades y millones de muertes por zoonosis. Alrededor del 60% de las enfermedades infecciosas emergentes que se informan a nivel mundial son zoonosis. Se han detectado más de 30 nuevos patógenos humanos en las últimas tres décadas, el 75% de los cuales tuvieron un origen animal.
Animales silvestres en la dieta ¿privilegio o necesidad?
Entre rascacielos y empresas tecnológicas de última generación, algunos mercados cuentan con una variedad de animales domésticos y salvajes mayor que el arca de Noé, aunque en ocasiones las condiciones higiénicas se asemejan a las de tiempos del Antiguo Testamento.
En el caso del mercado Huanan de la ciudad de Wuhan, epicentro sugerido de la epidemia del coronavirus, había a la venta, vivos o a trozos, cocodrilos pequeños, puercoespines, perros, ratas de bambú, crías de lobo, avestruces, patos, civetas (mamífero arborícola del sudeste asiático), carne de camello, marmotas, conejos, serpientes, pavos reales o ciervo. Era conocido este mercado por vender muchos animales vivos y raros, así que nadie se sorprendió cuando se comenzó a decir que el virus podría proceder de un animal inusual.
En el 2002 en el mercado de Qin Ping, en la provincia de Cantón, apareció el virus del SARS, que en 9 meses mató a casi 800 personas e infectó a otras 8.422 por todo el mundo. En aquella ocasión, los científicos determinaron que el transmisor de ese coronavirus (emparentado con el de Wuhan) fue una civeta, especie silvestre muy apreciada por algunos paladares chinos.
China ha recorrido un largo camino desde entonces, en el control y detección de enfermedades infecciosas. También se han mejorado las condiciones sanitarias en “mercados húmedos”, ha establecido un sistema de licencias y prohibido la venta de aves de corral y otros animales en el centro de grandes urbes como Pekín o Shanghai.
En el 2014, se aprobó una ley contra el comercio de animales en extinción, que también castiga con la cárcel al consumidor que la transgreda. Aun así, conforme crece la economía china, también lo hace el apetito del consumidor por los productos de animales salvajes, ya sea como alimento o para su uso en la medicina tradicional. En algunas ocasiones, el consumo de los más exóticos sirve para hacer ostentación de la posición social alcanzada. En otras, viene avivado por supuestas virtudes medicinales que se le atribuyen, desde mejorar la circulación hasta prolongar la vida o una vigorosa actividad sexual.
El tráfico de ciertas especies silvestres está prohibido, como es el caso de los pangolines, que están en peligro de extinción y que son muy apreciados debido a su carne y escamas. En la popular plataforma de comercio Taobao puede encontrarse todo tipo de animales. Una cría de tejón cuesta 187 dólares. Un agricultor de Hunan, provincia al sur de Hubei, vende civetas por el equivalente a 215 dólares cada una, o a 200 dólares si uno compra 500 o más.
La ONU calcula que el tráfico de especies protegidas mueve cada año entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. “La Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES) ya regula los intercambios entre países, el problema es que en el mercado interno no tiene jurisdicción y la demanda en países como China o Vietnam es enorme.Una lección crucial de esta pandemia para ayudar a prevenir la próxima, es que los humanos deben reducir su exposición a la vida silvestre, por ejemplo prohibiendo los mercados y el comercio de este tipo de animales.
Utilizando el análisis comparativo de datos genómicos, los científicos muestran que el SARS-CoV-2 no es una construcción de laboratorio o un virus manipulado a propósito. «Simplemente no hay evidencia de que el SARS-CoV-2, la causa del covid-19, haya salido de un laboratorio. En realidad, este es el tipo de evento de emergencia de enfermedad natural que tienen los investigadores y que lo han advertido durante muchos años».
¿Las pandemias reflejan la ira de la naturaleza?
Detrás de este tipo de enfermedades emergentes como el Coronavirus está la acción humana. Las infecciones por patógenos son procesos ambientales que ocurren en los ecosistemas, como consecuencia de las interacciones entre especies. Si alteramos estas dinámicas, tendremos consecuencias como las que vivimos ahora.
La mayor parte de las epidemias y pandemias recientes tienen una clara base ambiental y de alteración de procesos naturales. Es lo que se conoce como “ecología de la enfermedad”. Los crecientes monocultivos genéticos de animales domésticos eliminan cualquier cortafuegos inmunológico que pueda existir para frenar la transmisión. Los tamaños y las densidades de población más grandes facilitan mayores tasas de transmisión. Tales condiciones de hacinamiento reducen la respuesta inmunológica. El alto rendimiento, que forma parte de cualquier producción industrial, proporciona un suministro continuamente renovado de susceptibles, el combustible para la evolución de la virulencia.
Las explicaciones de por qué tantas epidemias parecen surgir en China no son esencialmente culturales. Se trata dicen algunos autores, de una cuestión de geografía económica. Esto queda muy claro si comparamos China con Estados Unidos o Europa, cuando estos últimos eran centros de producción mundial y de empleo industrial masivo, el resultado era esencialmente idéntico, con las mismas características. La muerte del ganado en el campo impactó en la ciudad debido a las malas prácticas sanitarias y a la contaminación generalizada.
En estas condiciones de desinversión pública masiva del sistema de salud, no es sorprendente que COVID–19 se haya establecido tan fácilmente. De manera similar, la expansión territorial empuja a los humanos más cerca de estos animales y estos ambientes, lo que puede aumentar la interfaz (y la propagación) entre poblaciones de especies no-humanas y la ruralidad recientemente urbanizada. Esto le da al virus más oportunidad y recursos para mutar de una manera que le permite infectar a los humanos, aumentando la probabilidad de una propagación biológica.
En tal sentido es equivocado pensar en tales áreas silvestres como la “periferia” natural de un sistema en producción. Ya no existen en muchos países bordes o fronteras con espacios naturales ni tampoco ninguna verdadera zona silvestre capaz de ser preservada en algún tipo de condición pura e intacta. Además el efecto de amortiguamiento de la biodiversidad en el contagio de patógenos al ser humanos se demostró en el caso del virus del Nilo y la diversidad de aves hace más de quince años. Con la simplificación a la que sometemos los ecosistemas, eliminando especies y reduciendo procesos ecológicos a su mínima expresión, estamos aumentando los riesgos para la salud humana a gran escala.
La naturaleza se recupera rápidamente, si la dejamos…
Como respuesta casi inmediata a la autoreclusión de millones de personas en el mundo a sus hogares asistimos a una «recolonización de los espacios urbanos por especies silvestres». Es una paradoja. Los animales, que estaban confinados por infraestructuras que cuartean sus espacios naturales y les imponen restricciones en el movimiento, salen de su aislamiento. Al resultar confinados los seres humanos, se produce una liberación de esa fauna silvestre. “Nosotros somos ahora los que estamos atemorizados, y nos encerramos; y con nuestro miedo lo que hacemos es liberar a quienes nos tenían miedo».
La actual situación demuestra que cuando se frena la presión urbana (tráfico, ruidos…), «la naturaleza vuelve a demostrar que tiene una gran capacidad de reacción.También pasa que la gente tiene ahora más tiempo para ver las aves desde las ventanas; salimos más al balcón. Detectamos cosas que antes pasaban inadvertidas». «El ruido es nuestro estandarte de civilización: el ruido de los motores, el de la velocidad, el de nuestras máquinas y comodidades. Si disminuye, es como si se hubieran abatido nuestra señas de identidad».
Los nuevos datos, basados en las observaciones del satélite Copérnico Sentinel-5P, están mostrando fuertes reducciones en las concentraciones de dióxido de nitrógeno en varias ciudades importantes de Europa, entre ellas París, Madrid y Roma. Es decir, una importante reducción de la contaminación en todo el continente. Además según publicó el sitio especializado CarbonBrief, del Centro de Investigación en Energía y Aire Limpio (CREA), en los Estados Unidos, el cierre de las fábricas en China significó una reducción de “25% en sus emisiones de dióxido de carbono». Sólo ese porcentaje del gigante asiático se traduce en una caída de 6% en el número de emisiones del mundo
Naturaleza y producción ¿pueden coexistir?
Desde la invención de la agricultura y la domesticación de animales empezamos un largo camino de separación lenta pero constante de la naturaleza. Los espacios productivos y antrópicos se distanciaron de los silvestres, donde habitan las especies que el hombre no puede manejar, pero si puede utilizar.
A muy grandes rasgos entonces podemos visualizar un mosaico de paisajes, desde áreas de presencia cotidiana del hombre (espacios agrícolas y de pastoreo intensivo); áreas silvestres, (muchas veces áreas protegidas o simplemente silvestres); y en el medio áreas que mantienen su condición de silvestría, pero que están sometidas a la utilización humana frecuente, si no cotidiana. En este último espacio predominan los sistemas de pastoralismo trashumantes, como los imperantes en las grandes sabanas y pastizales africanos y americanos y los sistemas de “ganadería bajo monte”, típicos de las planicies chaqueñas y de otros ecosistemas forestales secos del mundo.
Un caso especial de intensificación productiva al interior de ecosistemas silvestres puede ser la agricultura migratoria o agroforesteria de las selvas tropicales y subtropicales del mundo. Por otra parte podemos mencionar los sistemas de caza y recolección que estuvieron expandidos por gran parte del mundo hasta tiempos relativamente recientes (e incluso en la actualidad) y que han sido la base de nuestro sistema alimentario como especie por espacio de cientos de miles de años.
Desde estos sistemas de caza y recolección hasta la agricultura tecnificada e intensiva de la actualidad, podemos observar un gradiente de contacto cotidiano con la naturaleza, a lo que sumamos un estilo de vida cada vez más urbano y por ende alejado de la naturaleza, típico de nuestros días. Este contraste entre el mundo natural y el antrópico ha sido (y es) motivo de muchas discusiones, y quizás es central en el debate actual, sobre cómo debemos interactuar y relacionarnos con la naturaleza.
Coronavirus: espectacularidad, alarma y respuestas
COVID–19 ha captado la atención mundial con una fuerza sin precedentes. El Ébola, la gripe aviar y el SARS, por supuesto, todos tuvieron su frenesí mediático asociado. Pero algo acerca de esta nueva epidemia ha generado un tipo diferente de perdurabilidad. En parte, esto se debe casi con seguridad a la espectacular escala de la respuesta del gobierno chino, que ha dado lugar a imágenes igualmente espectaculares de megalópolis vaciadas que contrastan con la imagen normal de los medios de comunicación de China como superpoblada y contaminada.
Esta respuesta también ha sido una fuente fructífera para la especulación sobre el inminente colapso político o económico del país, a lo cual se suma un impulso adicional por las continuas tensiones de la fase inicial de la guerra comercial con Estados Unidos. Esto se combina con la rápida propagación del virus para darle el carácter de una amenaza mundial inmediata, a pesar de su baja tasa de mortalidad.
“La humanidad enfrenta una crisis global. Tal vez la más grande de nuestra generación. Las decisiones que la gente y los gobiernos tomen en las próximas semanas, no sólo formatearán nuestro sistema de salud, sino también nuestra economía, nuestra política y nuestra cultura”. Por eso, Yuval Harari pide “tener en cuenta las consecuencias de largo plazo de nuestras acciones” y preguntarnos “no sólo como superar la amenaza inmediata, sino también en qué clase de mundo viviremos cuando pase la tormenta”, porque “viviremos en un mundo diferente”. Para lograr la necesaria cooperación global “la gente necesita confiar en la ciencia, confiar en las autoridades públicas y confiar en los medios”.
Desde el punto del manejo sanitario surgen dudas y también controversias. Un virólogo como Goldschmidt, argentino radicado en Francia, dice que este pánico generalizado hacia el coronavirus es producto de “un error grave de los peritos de la OMS” y que hay mucho de sobreactuación. Hay gobiernos que siguen esa lógica…
“Un pueblo motivado y bien informado es mucho más poderoso y efectivo que un pueblo vigilado e ignorante”
La humanidad enfrenta una crisis global de grandes dimensiones, alerta el historiador y antropólogo Yuval Harari, diciendo que las decisiones que se tomen moldearán nuestras vidas durante varios años y el riesgo de que la adopción de medios de vigilancia biométrica masiva trascienda la emergencia y habilite a que gobiernos y corporaciones controlen nuestras vidas.
Con todas las salvedades del caso, “la crisis del coronavirus podría interpretarse como un aviso de lo que se puede venir de forma más potente con otros problemas (como el cambio climático) si no se toman medidas fuertes y globales”.
El problema que muchos observan es que frente a la recesión global que está provocando la pandemia y en donde se estiman que se perderán 25 millones de puestos de trabajo, las medidas que impulsarán los gobiernos generarán un rebote tan fuerte que el “aire” limpio que hoy visualizamos cambiará rápidamente.
La pandemia pasará, como ya han pasado otras en nuestra historia humana, pero mientras podamos evaluar retrospectivamente porqué y cómo pasó, algunas lecciones van quedando en este doloroso camino.
Necesitamos de más y mejor cooperación internacional, dar más protagonismo a la ciencia y que la misma asuma la responsabilidad de compartir información de calidad. Necesitamos más y mejor conservación de la naturaleza y mejores estándares de salud animal y de salud pública. Necesitamos también de más y mejores recursos económicos y de sistemas de apoyo inmediato a poblaciones vulnerables. Pero fundamentalmente necesitamos de sistemas de gobernanza ágiles, inclusivos y respetados por la ciudadanía. Ojalá eso hayamos aprendido!!
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