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Incendios, inundaciones y apocalipsis: el ambiente en boca de todos

La humanidad ha tenido desde siempre una relación antagónica con la naturaleza a la que ha tratado de moldear o conducir de acuerdo a sus intereses y/o necesidades más apremiantes. Esa interacción ha implicado muchas veces (quizás las más) frustraciones, fracasos y algunas veces éxitos notables.

A medida que la humanidad ha ido creciendo tecnológicamente, se ha ido separando paulatinamente de depender en forma  exclusiva de los designios naturales y ha logrado mayor predicción de los resultados de sus esfuerzos. Recuerdo hace unos años (no muchos) le preguntaba a un campesino que cultivaba su parcela abierta en un claro de las selvas de montaña del noroeste (o Yungas) cuanto maíz pensaba cosechar ese año?  y me respondió “depende”, de las lluvias, del viento, de los monos, de las urracas, de los chanchos del monte, del gusano y siguió con su lista de variables que no podía controlar plenamente……y del resultados de esas variables dependía la seguridad alimentaria de su familia!. Es decir el desarrollo tecnológico nos ha hecho menos vulnerables a las fuerzas de la naturaleza.

Sin embargo este “éxito” que nos permitió crecer exponencialmente, colonizar en forma permanente prácticamente todos los ecosistemas de la tierra, independizarnos en gran medida de las variables climáticas locales, nos llevó paradójicamente a colonizar espacios cada vez menos adecuados o más inseguros, tales como áreas inundables, zonas de muy amplia variabilidad (e imprevisibilidad) climática e incluso áreas bajo afectación de la actividad volcánica que aunque de poca recurrencia temporal, representan eventos con efectos devastadores. En definitiva la expansión territorial nos fue quitando “grados de libertad” a la seguridad, al confort y a la previsibilidad al mediano plazo en grandes espacios colonizados.

Esta creciente “vulnerabilidad” ha alimentado el concepto religioso de “apocalipsis” frente a eventos devastadores sin una explicación fácil o sencilla que pueda darse en la inmediatez de los acontecimientos. El Cambio Climático como un efecto derivado de la actividad industrial humana o de la natural “variabilidad” característica del clima en cualquier parte del Globo terráqueo, han alimentado la idea de fuerzas superiores, que no manejamos, que no podemos superar con nuestros humanos recursos. Y ahí se unen en forma indisoluble en los discursos y en el sentimiento, los conceptos religiosos asociados con lo apocalíptico y con muchas de las bases ideológicas del ambientalismo.

Sin embargo hay variables que sí podemos controlar y que son clave a la hora de prevenir daños a las personas y a los bienes, principalmente desde la planificación territorial. Así, el uso que se le da a los distintos ambientes o la ubicación de los asentamientos humanos y las infraestructuras pueden ser planificados, incorporando las dinámicas naturales que, en muchos casos pueden ser previstas. Una buena planificación sólo puede construirse sobre el conocimiento científico del territorio (para lo cual hace falta investigación por un lado y difusión/transferencia  del conocimiento por el otro) y sobre el diálogo y la concertación entre los distintos sectores interesados. Pero además, en contextos como el nuestro, es necesario incluir la lucha contra la pobreza: sólo sacando de la pobreza a la mayor parte de la población, podremos asegurar reducir los riesgos de las poblaciones más vulnerables, que son quienes sufren en mayor medida de estos embates. Para ello necesitamos de un sector productivo pujante como el que tenemos, independientemente del tamaño de sus emprendimientos, que utilice las mejores tecnologías e innovaciones disponibles, que destine parte de sus territorios a la preservación de los bienes y servicios de la naturaleza y, que de este modo, sea considerado por la sociedad en su conjunto como parte de la solución y no parte del problema. Porque es el sector productivo (desde los pequeños hasta los grandes productores) el que tiene la capacidad de generar empleo para revertir los índices de pobreza. Y es también el sector productivo quien puede generar los recursos económicos para hacer frente a los costos de las actividades, tanto de prevención como de remediación de estos eventos cuando llegan a ocurrir.

Los productores están todos los días en contacto con la naturaleza, conocen bien como funciona y pueden tomar las medidas adecuadas en el momento necesario. Pero también necesitamos un sector público que sea capaz de conducir el proceso de planificación territorial participativa y de vigilar por la sanción y posterior cumplimiento de normas de uso del territorio que incluyan estos riesgos ambientales entre los parámetros analizados. Así como necesitamos de una sociedad civil consciente y comprometida, que conozca y respete estas dinámicas naturales. Porque todos los modelos indican que los fenómenos meteorológicos extremos van a incrementar su recurrencia en los próximos años, consecuencia del cambio global. Y aunque no podamos evitar que ocurran, si podemos evitar que se conviertan en catástrofes humanas y ambientales. Sí es mucho lo que podemos hacer, aunque sólo lo podremos lograr trabajando en conjunto.

Alejandro D. Brown, Presidente Fundación ProYungas

*Imagen de titular tomada de www.lanacion.com.ar

Repercusiones en los medios de los acontecimientos

«Bergman culpó a Verna y a los productores que no limpian sus campos»

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