Turismo
Salí a caminar en Tucumán y me topé con las Yungas!
Desde chica había aprendido que la provincia de Tucumán era pequeñita y debía ser muy dulce porque todo el azúcar que llegaba a Patagonia para agregar en mi café con leche cada día venía desde allí. Cuando fui un poco mas grande mis maestros me contaron en forma solemne que en una de sus casas Argentina había declarado la independencia de España un 9 de Julio de 1816 mientras la gente se amontonaba afuera en un día por supuesto lluvioso y comia pastelitos guardados en canastos de mimbre protegidos por manteles con cuadros rojos y blancos. También recibí información sobre el verde y sus flores que la habían convertido en el “Jardín de la República”, pero la verdad de las Yungas nunca nadie me habló. Esta vez llegué a Tucumán para reencontrarme con este bosque que me había atrapado en otra travesía y para mi sorpresa lo encontré enseguida, como quien diría a la vuelta de casa, literalmente. Con Alejandro Brown, creador de la Fundación Proyungas, su hija Avelina, amante de gatos y árboles de bosques nublados y Lucía que se sumó a último momento, recorrimos en mi primer día el Circuito de las Yungas en el Parque Sierra de San Javier que los tucumanos tienen a solo 15 km del centro de su ciudad. Esto para empezar, por supuesto.
La Sierra se imponía como un marco de fondo dando sombra y fresco a la localidad turística de Yerba Buena. Descubrí rápido que era un lugar ideal para practicar ciclismo de montaña y parapente o solo correr o caminar rodeada de bosques, nubes y ocasionales mariposas. La altura máxima de esta sierra es mayor a 1.800 m y se puede recorrer fácilmente en vehículo a través de un buen camino desde Yerba Buena y bajar por Villa Nougués, como hicimos nosotros.
La subida cómoda y en buena compañía no tuvo desperdicio aunque algunas veces sentí el deseo de saltar de la camioneta ya que las yungas me llamaban. A medida que ascendimos desde el pedemonte ví pasar frente a mí árboles cubiertos por enredaderas, sentí la luz atravesando sus ramas y hasta me animé a identificar algunas especies como el laurel, el horco molle o la tipa, que me hizo sentir como en casa ya que junto con el jacarandá son los árboles que más cruzo en mis travesías citadinas en Buenos Aires. Pasamos varios miradores y caminamos en el sector de descenso en parapente (Loma Bola) sorteando los charcos que habían quedado después de días de lluvia que continuarían. Suspiré sabiendo que esta vez no podría lanzarme a cruzar el aire desde esta sierra, el suelo resbaladizo lo impedía, habría que volver.
Un Alejandro profesor me mostró desde la altura el paisaje dividido en zonas de cultivo de limones (que yo veía como guardas de flores verdes apretadas); cultivos de caña de azúcar (círculos abiertos como plumeros formando filas ordenadas), la Loma de Timbó cubierta de vegetación húmeda y cerrada entre la que apenas podía distinguir algunas casas y la ciudad de Tucumán, muy brillosa-calurosa más allá en la distancia.
Cruzamos con seguridad los 1.300 m de altura, quizá mas y nos detuvimos “del otro lado” de la sierra. Admiré el río Potrero de las Tablas corriendo allá abajo y sentí la cercanía de las nubes que a veces formaban sectores de niebla suave y estirada a lo largo. Corrí para sacar una foto a una flor como si hubiera descubierto una especie nueva pero no, me encontré frente a un tipo de campana blanca que salía de una enredadera y que ya había visto en los bordes del camino. Pero cuando giré la cabeza tuve un premio, la niebla se escurrió detrás de las plantas como en una escena de magia y estoy segura que lo hizo solo para mí.
En el descenso cruzamos Villa Nougués, un pueblo residencial que lleva el nombre por Luis Nougués, industrial azucarero y gobernador de Tucumán que la fundó como una villa exclusiva de fin de semana a fines del siglo XIX . Su estatua, un monumento realizado en 1935, le permite continuar mirando hacia la parte alta de la sierra como no queriendo dejarla ir. El pueblo tenía construcciones en estilo francés en especial su capilla. Cuando casi partíamos Alejandro nos señaló un pino de cerro, familiar de zonas cálidas de la Araucaria patagónica. Bello.
Para finalizar el recorrido Avelina me tenía una sorpresa, ya en la planicie azucarera al lado del ingenio de Lules un Ficus antiguo y orgulloso desplegó toda su belleza delante de mí. Nos acercamos con cuidado y nos sentamos en las ramificaciones de su tronco para sentir su fuerza, admirar su estampa y ver desfilar las hormigas que trabajaban en forma indiferente delante nuestro. Lucía había visto este árbol muchas veces pero en un instante en que sostuvo mi cámara no resistió la tentación de sacar una y otra foto más. Después de una tarde de ingreso a las yungas, levanté la vista para ver el cambio de colores en el cielo y mis ojos encontraron la Quebrada de Lules que parecía dividir en un trazo la Sierra de San Javier. Sentí la humedad en mi piel y el aire que entraba sin obstáculos en mis pulmones. No tuve dudas, ya estaba preparada para continuar la aventura en las yungas al día siguiente.
Fuente: www.viajeroresponsable.com.ar







