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La pandemia, vista como una oportunidad
Compartimos esta nota publicada en el diario La Gaceta 01/05/2021
Un biólogo y un doctor en geografía resaltan la velocidad sin precedentes con que se desarrollaron las vacunas. Un ecólogo advierte sobre las zoonosis en el escenario local.
Empecemos con la mala noticia: es probable que más virus desconocidos den el salto desde el mundo animal hacia el humano. La evidencia demuestra que las pandemias son cada vez más frecuentes. Ahora, la buena: el despliegue de vacunas contra la covid-19 ha sido apabullante. La velocidad con la que se desarrollaron los fármacos representa un logro nunca visto. Con un buen sistema de gobernanza global, se podrían prevenir futuros brotes.
De hecho, en las últimas décadas ha crecido el número de zoonosis, como el último coronavirus. Pero, ¿qué ha disparado esta amenaza? Para los investigadores, la clave está en la intrusión en el entorno natural. La comunidad científica responsabiliza nuestras acciones sobre la vida salvaje y sus hábitats.
«El brote de covid-19 se ha detonado debido a la presión humana sobre los ecosistemas y la biodiversidad», dice Francesco Gaetani, investigador del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma). Ha trabajado para la Organización Meteorológica Mundial, en Ginebra, y desde 2012 se encuentra en Panamá, como coordinador de datos en esa área de la ONU.
Según él y sus colegas, el cambio en el uso de la tierra, a causa de la presión del sistema alimentario, emerge como una causa determinante. «En 1960, éramos 3.000 millones de habitantes. Para 2023, se esperan 8.000 millones. La población está aumentando de manera dramática. Y también está aumentando la occidentalización de la dieta alimentaria. En China, en la década del ́60 se consumían cinco kilos de carne roja por año por habitante. Hoy se comen 65 kilos por año por habitante», explica a este diario en una conversación a través del programa Zoom.
Esta gran demanda de carne roja -añade- ha provocado un cambio en el uso del suelo. La frontera agrícola ha avanzado. La cantidad de suelos disponibles para producir toda esa carne está presionando a aquellas áreas que no tenían un uso agrícola. «Los bosques tropicales, además de albergar la biodiversidad, son considerados reservorios de enfermedades emergentes. Los virus, bacterias y hongos viven de forma controlada allí. Pero si a los animales que cargan gérmenes les quitámos su hábitat, tienen que salir», razona Gaetani.
A la hora de pensar en el contexto local, sería poco acertado extrapolar estos conceptos a la Argentina. Así lo advierte Alejandro Brown, ecológo y presidente de la fundación ProYungas. Según él, la percepción generaliza de que hemos creado un ambiente insano y que a ello se deben las zoonosis suena verídica. No obstante, nuestro país no entra en las generales de esa ley.
«La Argentina tiene una baja densidad poblacional y un alto porcentaje de verde, con cerca del 75 % del territorio silvestre. Es cierto que en algunas regiones chaqueñas, por ejemplo, contamos con una escasa proporción de áreas protegidas; pero las actividades productivas que allí se realizan no necesariamente generan vínculos nocivos con la biodiversidad», explica.
Las declaraciones del doctor en geografía Ricardo Grau se oyen cercanas. Él ve el contexto global como una oportunidad para prepararse para futuras pandemias. «Vivimos en el mejor mundo en el que han vivido los seres humanos en su historia. Es cierto que tenemos un gran problema, pero es probable que lo superemos en unos dos años», dice. Desde su óptica, la rapidez con que se desarrollaron las vacunas contra el coronavirus representa un logro para la humanidad. «Es impresionante que haya siete vacunas», destaca.
También el biólogo Ezequiel Aráoz comparte el optimismo. La proliferación de alternativas demuestra que el actual sistema de gobernanza le con ere al mundo una alta resiliencia, opina. «Algunos datos parecen ser objetivamente alentadores: a nivel global se están probando (y en algunos casos aplicando) más de 200 vacunas, que estuvieron listas en un tiempo récord», coincide.
Grau dirige el Instituto de Ecología Regional (IER), que es una unidad ejecutora del Consejo Nacional de Investigaciones Cientí cas y Técnicas (Conicet) y de la Universidad Nacional de Tucumán. Araóz investiga para esa institución. Ambos enseñan en la cátedra de Ecología del Paisaje, en la facultad de Ciencias Naturales. Y ambos piensan que se puede sacar provecho de la pandemia para iniciar estrategias internacionales destinadas a mejorar la salud y el medio ambiente.
«A principios del siglo XX, si eras una persona de 57 años, seguramente ya habían muerto tus padres, estabas viudo, eras uno de los dos sobrevivientes de siete hermanos y habías tenido seis hijos pero se te habían muertos dos. Hoy, a mis 57 años, tengo familia, amigos, salgo a correr y ando en bicicleta», añade Grau, en un relato con el que busca graficar el estándar actual de calidad de vida.
«El mundo no contaba con más de 200 grupos trabajando en coronavirus, sino que contaba con in nidad de personas educadas con acceso a la información científica y con capacidad de imaginar soluciones y transferirla al resto de la población. Esto sugiere que nuestra preparación para manejar problemas no reside en la acumulación de bienes tangibles, sino en la democratización de la educación y la información», concluye Aráoz.