Editorial, Institucional
Travesías fluviales, sorpresas en cada recodo
Alejandro Diego Brown, Fundación ProYungas, Yerba Buena Junio 2026.
Avanzamos raudamente, tanto como lo permite la corriente que todo lo impulsa, dejando las marcas ineludibles de un verano lluvioso en las Yungas y en el resto de gran parte del Norte Grande, las sequías por ahora son sólo un mal recuerdo. El Bermejo, el principal río que cruza la gran llanura chaqueña nos cobija, como lo ha hecho en repetidas oportunidades de nuestro pasado reciente. Dejarse transportar, fluir, es siempre un bálsamo que nos permite reflexionar, compartir, disfrutar y comprometernos en su conservación, que no es otra cosa que dejarlo fluir, libre, cargado de sedimentos e historias de aventuras intrépidas, de horizontes fugaces y muchas veces inconducentes. Pero ahí está como lo vieron el Padre Morillo y el Capitán Cornejo, Pablo Soria y los Hermanos Leach y sus sueños de producción azucarera e integración regional.
Desde hace tiempo iniciamos esta meta de poner en valor los ríos chaqueños, “cintas de vida” que atraviesan uno de los bosques secos más grandes de nuestro continente, una de las pocas fuentes de agua permanente en un ecosistema donde el agua escasea y donde estacionalmente es un obstáculo a la propia supervivencias de los humanos y sus producciones.


Pero el río es vital también para soportar tanta naturaleza dependiente de esta fuente de agua cargada de sedimentos arrancados a la geografía andina. Porque el Bermejo es esencialmente un río de barro líquido que en sus crecientes estivales nutre cientos de miles de hectáreas de humedales a sus márgenes. Es también una “trampa de carbono” amasando y mezclando durante las crecidas estivales los árboles que crecen a sus márgenes y los entierra en las nuevas playas que cada verano crecen por doquier. Algún día cuantificaremos esta contribución del río a mitigar o al menos retener importantes acúmulos de carbono que las inmensas superficies de “palo bobo” y “sauces” crecen en ordenadas plantaciones naturales.
Pero el río es también biodiversidad, aves, mamíferos, peces, que en el amparo de las amplias superficies viven su vida en indisimulada tranquilidad. Sólo el transcurrir de nuestras embarcaciones los impulsa momentáneamente a ocultarse o tomar vuelos cortos para continuar con su natural parsimonia.
Navegar el Bermejo es siempre navegar en nuestras propias disyuntivas y contradicciones, es quizás tomar conciencia de nuestro lugar en la naturaleza y fomentar el compromiso de analizar las formas adecuadas de coexistencia entre humanos y la vida silvestre. Un desafío al que aún no encontramos acabadamente la forma.



Este “río de barro líquido”, este “viborón de las tierras ancestrales” siempre tiene algo que mostrar y enseñar, en cada recodo, en cada meandro errático de su dinámica y cambiante figura. Cómo ocurre con las víboras, el río en sus sacudidas estivales se desprende de todo lo que lo sujeta y condiciona. Esa es la clave de su propia supervivencia.
A los que circunstancialmente nos toca compartir la experiencia de navegar este gran río, nos queda la impronta salvaje de su acometer, de sus barrancas que se deslizan como témpanos de limo y arcilla, de sus bosques variados que son escudriñados al atardecer para localizar sitios adecuados para acampar y en alegre camaradería, compartir una noche más de fogón, risas y buen pasar. Todo eso es el Río Bermejo, una síntesis de vivencias naturales y desafíos humanos. Ahora y en nuestra posteridad.

